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Parque del Seguro, un anfiteatro

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Los cadáveres que fueron sacados de los escombros de edificios caídos llegaron al mítico estadio para su posterior identificación; los cubrieron con cal y...

El Universal

Algunos rastros de la celebración que provocó el octavo campeonato de los Diablos Rojos del México aún eran visibles cuando el terreno de juego del Parque del Seguro Social comenzó a vestirse con el color de la muerte que dejó el terremoto de 1985.

Conforme avanzó la tarde de aquel jueves 19 de septiembre, el pasto donde un mes antes Nelson Barrera, Lorenzo Bundy, Daniel Fernández y el resto de la novena del manager Benjamín ‘Cananea’ Reyes, corrieron en festejo de su coronación con cientos de serpentinas y confeti a su alrededor, se transformó en una sucursal del dolor. En un espacio en el que la desolación se apoderó de familiares y amigos que encontraron sobre la grama el cuerpo sin vida de un ser querido.

Retirar la mirada sobre las escenas de aflicción era imposible para los que trabajaron dentro del Parque del Seguro Social. A cualquier punto al que se volteara, la tragedia era un retrato que iba acompañado del olor a descomposición que ya varios cadáveres tenían.

“Fue muy difícil para todos los que estuvimos involucrados en el Parque del Seguro Social. Sin poner un pie adentro, la atmósfera que se sentía era extraña, la muerte estaba en cada rincón del estadio, con miles de cuerpos que fueron colocados para identificarse mientras eran bañados con cal y hielo para tratar de que duraran más”, externó Rodolfo Rosales, reportero que tuvo a cargo la cobertura.

Caminar se volvió casi imposible por los cientos de cuerpos, algunos incompletos por los derrumbes de los edificios de la delegación Cuauhtémoc.

“La mayoría de los muertos que llegaron al Parque del Seguro Social venían de la Cuauhtémoc, me acuerdo que varias personas llegaron a reconocer a chavitos que estaban estudiando en un Conalep que se encontraba en Humboldt, todo ese edificio se derrumbó. Las personas tenían que llegar caminando desde su casa ya que no había transporte, caminaban todo Bucareli y luego avenida Cuauhtémoc para llegar. Me había tocado ver el estadio con muchas personas afuera para tratar de conseguir un boleto para el beisbol, pero nunca me imaginé a tantas personas con la ilusión de no encontrar a su familiar, porque en ese momento sus esperanzas se desplomaban”, comentó Rosales.

En ese año, el dueño de los Diablos Rojos era Roberto Mansur, que aunque no se encontraba en la ciudad de México durante el terremoto, mantuvo comunicación con personal de mantenimiento del estadio, que le recreó el drama que se vivía en el hogar de la organización más ganadora del beisbol.

“Como no era nuestro estadio, sino del Seguro Social, no nos solicitaron ningún permiso para abrirlo. Si así hubiera sido lo habríamos dado sin problemas, eran momentos en los que el país necesitaba solidarizarse y así lo hicieron varios trabajadores del equipo, como don Martín Vidal o don Gabino, que se encargaban de arreglar el campo, pero en esos días ayudaron a servir colocando los muertos”, detalló Mansur, quien ahora es presidente de la institución escarlata.

La triste labor que realizaron Vidal y Gabino duró tres semanas, en los que la cal que ocupaban para pintar el campo de beisbol fue utilizada para rociar los cadáveres.

Al año siguiente, con la temporada de Liga Mexicana de Beisbol a unos días por empezar, algunos rastros de la tragedia aún estaban presentes, como el cabello de los muertos que se trenzó con el pasto.