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El xalapeño Luis Hernández Morales ha sido el mejor atleta de fondo en México

Representó y brillo en la Universidad Brigham Young, una de las más prestigiosas de Estados Unidos

Por Julián Rodríguez

 

“Ese chamaco se subió a una bicicleta por eso llegó en cuarto lugar”, dijo uno de los hermanos Villanueva cuando el todavía niño Luis Hernández Morales, un auténtico desconocido, se ubicó en la cuarta posición de la carrera atlética que organizaba la relojería “Cantú”, en 1972.

Al oír esto, Luis, quien fue aconsejado por el “Cuco” Rubén Hernández Meza para que tomara parte de la competencia en la categoría libre, no dijo nada, se agachó, se mordió los labios y pensó: “algún día les voy a demostrar quién soy”.

No olvida que esa ocasión corrió en desventaja, ya que utilizó un short de mezclilla, una playerita de tirantes y unos tenis “Súper Faro”, no aptos para las carreras de calle, pero a pesar de todas esas limitantes ocupó ese sitio enfrentando a verdaderos “gallones” del atletismo local como los hermanos Antonio y Héctor Villanueva, así como del famoso “Vampiro” Darío Mávil.

En su mente quedó grabada esa imagen y nos narró el hecho como si lo estuviera viviendo. “Recuerdo que esa ocasión iba a la par del ´Cuco´, pero me dijo a la altura de Ávila Camacho y la avenida Xalapa que ya no podía, que yo le siguiera y fue así que empecé a apretar y por allí de Xalapeños Ilustres comencé a cerrar y si no llegué en primer lugar fue porque tuve miedo de pasar a los que iban adelante, pero si les hubiera ganado”, dijo.

El mismo “Cuco” se molestó por los comentarios que vertieron en contra del chamaco y sólo les dijo: “Recuerden su nombre, que nunca se les olvide, se llama Luis Hernández Morales y va a brillar como no se imaginan”.  Tras ese comentario, Luis Hernández le dijo al “Cuco”: “ay profe me comprometió usted mucho en decir esas cosas, pero él me contestó ´tú tente confianza cabrón´”.

Fue ese día que comenzó a forjarse una leyenda, no sólo del atletismo xalapeño, ni estatal, sino a nivel nacional, ya que es considerado uno de los mejores corredores de fondo que haya habido en el país, sino es que el número uno.

Fue un chico con un talento enorme, pero reconoce que a él le gustaba el futbol, por lo que le pidió una oportunidad al profesor Rubén Hernández Meza para jugar en su equipo Cuervos de la Piedad, cosa que sucedió, pero el “Cuco” se percató que era un caso único y especial, ya que corría por todo el terreno de juego sin mostrar cansancio alguno por lo que le dijo que mejor se dedicara a correr y lo llevó con el profesor Federico Hernández Arvizu, quien lo empezó a pulir porque era un auténtico “diamante en bruto” o también llamado un «garbanzo de a libra».

Con el ”Profe” tuvo significativos avances, pero él sabía que su ciclo con él se había terminado y decidió buscar otros horizontes, por lo que lo dejó, sin embargo, afirma, Federico Hernández se molestó tanto que le prohibía la entrada al Estadio Xalapeño, incluso los jardineros del coloso atlético lo corrían con machete en mano, cosa que lo decepcionó y decidió irse a otros sitios, cayendo en manos de Tadeuz Kempka, con el que por cierto también tuvo diferencias.

A los 19 años fue tricampeón nacional en las pruebas de mil 500, tres mil metros steeplechase y en los 5 mil metros, lo que le valió ser considerado seleccionado nacional para representar al país en los Juegos Panamericanos de 1975 que se celebraron en la Ciudad de México, donde obtuvo la medalla de oro en los 10 mil metros, cosa que lo catapultó a otros planos. “Allí con una marca de 29.19 rompí el récord a la altura de la Ciudad de México que duró alrededor de 30 años”, mencionó orgullosamente.

Su carrera iba en ascenso y de manera vertiginosa logrando en Europa la marca tope para asistir a los Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá, pero lamentablemente allí se enfrentó en su heat eliminatorio a los monstruos del atletismo mundial, como al finlandés Lasse Viren.

Luis no olvida esa fría mañana de julio de 1976 cuando enfrentó a los grandes del atletismo como al llamado “finlandés volador”, al portugués Carlos López y al inglés Brendan Foster, al neozelandés Dick Quax y al alemán Peter Hildenbrand, pero nunca se arrugó porque él era en ese entonces el más grande atleta mexicano, sin embargo, se quedó atrás por escasos metros y no alcanzó la final. “Y sí lo habría conseguido si hubiera tenido otro entrenador, porque aquí no había nada, no tenía psicólogos, ni nutriólogos, francamente con mi precaria alimentación y mi talento fue que salí adelante”, señaló.

El espigado atleta hizo fiel ese dicho que reza así: “nadie es profeta en su tierra”, ya que la universidad Brigham Young, una de las más prestigiosas de Estados Unidos se lo llevó, le dio una beca y él en pago los representó en los diferentes eventos atléticos que organizaban a nivel nacional, logrando los mejores resultados, incluso en dicha institución educativa se encuentra un marco con su fotografía y los logros que le dieron lustre a la misma. “Hice mis mejores marcas, fui campeón en la NCAA en tres millas bajo techo, sorprendí a los kenianos y me enfrenté a lo mejor del mundo cuando decían que los mexicanos éramos enanos”, mencionó.

Luego siguieron más éxitos, como ese tercer lugar en la tradicional carrera San Silvestre que se organizaba cada 31 de diciembre en Sao Brasil, donde se ubicó en la tercera posición siendo superado sólo por el chileno Edmundo Walker y el italiano Faba.

Tras varios años en el país vecino decidió regresar a su país natal, donde no fue reconocida su calidad y decidió retirarse dejando un reto difícil para todo atleta mexicano de la actualidad,

Así llega a su fin el relato de aquel chamaco que a los 14 años deslumbró a todos por su enorme talento, pero del que hoy sólo quedan muchos recuerdos, muchas historias y muchos momentos gloriosos, pero sobre todo queda un grato sabor de boca porque con lo poco que tenía a su alrededor, una alimentación basada en frijoles, tortillas, y eso sí, muchos huevos, se convirtió en una leyenda de leyendas del atletismo nacional.

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En la séptima posición Luis Hernández cerró con todo durante los cinco mil metros en Montreal, Canadá.