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Andy Murray, a 25 años de la masacre de Dunblane

"Yo podría haber sido uno de los niños asesinados"

“Yo podría haber sido uno de los niños asesinados”. Es una de las pocas frases que articula Andy Murray cuando rememora la masacre de Dunblane en 1996 en la que murieron 18 personas. Él, con sus ocho años, era uno de los niños que asistió aquel día a la escuela, sin saber que un loco aparecería con cuatro pistolas a hacer famoso al pequeño pueblo escocés por las razones equivocadas. Hasta que creció Andy.

Thomas Hamilton era el nombre del desequilibrado que irrumpió en el gimnasio del colegio de primaria de Dunblane a las 9.30 de la mañana con dos pistolas, dos revólveres y 700 cartuchos. Disparó contra el grupo de alumnos que ocupaban el recinto. 15 infantes y una profesora fallecieron al momento. Otro niño perdió la vida camino del hospital. Hamilton, culminada su macabra obra, se metió la pistola en la boca y se suicidó.

Fueron apenas unos minutos que marcaron la vida de este pueblo dormitorio de Escocia. Un remanso de paz cuyo mayor reclamo era la catedral del siglo XIII ubicada en el centro del pueblo, la misma que estuvo abierta toda la noche en vigilia para recibir a los afectados por la tragedia.

Hace ahora 25 años, Judy Murray regentaba una tienda del pueblo. Había sido tenista profesional, como su madre, pero agotada de viajar lo dejó y se fue a Dunblane para criar a sus dos hijos, Jamie y Andy, de 8 y 9 años respectivamente. La mañana del 13 de marzo era una más. Hasta que su compañera de la tienda descolgó el teléfono. “Dicen en la radio que ha habido un tiroteo en el colegio”.

La madre de Judy pasó gritando a la tienda. “¡Ha habido un tiroteo!”. Judy salió corriendo. “Solo recuerdo meterme en el coche y empezar a gritar a todo el mundo que se quitara de en medio”, recuerda en la biografía de Andy ‘Hitting Back’.

“Dejé el coche a mitad de camino y fui corriendo, pero había tanta policía enfrente del colegio que no nos dejaron pasar. Nadie sabía nada”.

Judy fue conducida junto al resto de padres a un edificio cercano, hasta que se aclarara la situación. En la terrible espera, sin ningún dato, el peor momento fue cuando una persona entró en la sala y pidió que salieran los padres de los niños de la clase de la señorita Mayor. “Hubo una parte de mí que sintió un gran alivio, aunque al segundo me sentí culpable, porque una mujer a mi lado comenzó a gritar y llorar.

“¡Es la clase de mi hija!”.

Judy no pudo abrazar a sus hijos hasta pasadas las 14.30. Andy y Jamie no entendían qué había pasado. Ellos no estaban en el gimnasio cuando Hamilton comenzó la masacre. Estaban en clase, cantando canciones metidos debajo de la mesa. Esa fue la instrucción que dio el director cuando le informaron de lo que pasaba en el gimnasio y consiguió que cientos de niños nunca pudieran ver de cerca el horror.

Pero la noticia había corrido por Dunblane y ya se conocía que Hamilton, jefe del equipo de boy scouts, había sido el perpetrador del ataque. Por los nervios y las preguntas, Judy frenó el coche de camino a casa y les contó lo que había ocurrido. Jamie calló. Andy, no. “¿Por qué el señor Hamilton haría eso?”, preguntó inocente, ya que había conocido a Hamilton en los scouts y sabía que su madre a veces le acercaba a la estación de tren después de las clases.

“¿Por qué se dispararía a sí mismo?”, insistió el pequeño Murray, quien a día de hoy intenta no hablar mucho del tema y suele refugiarse en su juventud. “Apenas recuerdo nada, pero tampoco es algo que quiera recordar”, señala en la biografía.

“Cuando tienes ocho o nueve años y vas en avión no tienes miedo. No crees que te pueda pasar nada. Cuando te haces mayor oyes hablar de los accidentes, un día hay turbulencias en tu vuelo y empiezas a tener miedo. Nunca me dio miedo volar hasta el 11-S. Con el tiroteo fue lo mismo. Era muy inocente y entonces se me vino el mundo encima”.

“Si hubiera tenido 14 o 15 años me habría afectado mucho más. Me habría hecho una cicatriz mental, pero era tan joven que no me afectó”, añade Murray.

El gimnasio fue derribado. Se construyó un memorial en su lugar y Dunblane siguió siendo conocido como el escenario de la mayor matanza en la historia del Reino Unido.

Hasta que Andy y su hermano cambiaron poco a poco la historia y los visitantes del pueblo fueron virando su mirada del colegio al buzón de oro y el banco de madera que recuerdan en forma de homenaje la medalla de oro olímpica de Murray en Londres 2012 y el Wimbledon conquistado en 2013, el primero para un británico en 77 años.

“Cuando la gente piensa en Dunblane, no solo piensa en los tiroteos. Ahora también dicen: ‘Ah, de ahí son los Murray’, apunta en el libro Judy, quien asistió orgullosa a la reconversión del pueblo cuando Andy decidió utilizar la catedral de la vigilia como lugar para su boda en 2015.