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Todo por despedir al “Perrito”; llega en viejo triciclo

Francisco Rojo, un aficionado a las Chivas y la 'lucha Libre', y personaje que vive en las calles del Centro Histórico de Guadalajara expresa...

El Universal

Las piernas no le sirven para transportarse. Para hacerlo, recurre a un viejo triciclo que impulsa con sus manos. Lleva una sucia camisa de Chivas. Es aficionado al Rebaño Sagrado, asegura. También a la lucha libre. El cabello desarreglado. Los dientes severamente lastimados por la falta de atención. Sufre en su vida habituales dificultados. Pero este domingo se da tiempo para despedir al que llama un “amigo”.

Francisco Rojo González lleva todas sus pertenencias consigo. En la parte trasera del triciclo hay una patineta castigada por el paso del tiempo. En un pequeño bote trasparente hay algo de comida. Bajo la lona cubre cobijas y el resto de sus cosas. No tiene hogar. Es indigente. Vive en las calles del Centro Histórico de Guadalajara.

Y con todas las adversidades que cotidianamente enfrenta, ha llegado hasta la avenida México, para asistir al funeral de un amigo al que nunca ha visto en persona. Jamás ha estrechado su mano. Pero la pérdida le duele. El Hijo del Perro Aguayo era uno de sus ídolos. Por eso, sobre su vehículo lleva un mensaje escrito en un papel: “Descanse en santa paz mi amigo Perrito Aguayo. Que Dios lo tenga siempre”.

No entra a la funeraria. Desde afuera expresa su pesar. “Me gusta la lucha libre porque es un deporte limpio. Me uno a la pena. Varios luchadores han caído y es una pena. Esta vez vine hasta acá porque sería mala educación no venir a verlo. Él necesita algo más, necesita más gente, quienes lo conocieron que vengan a despedirlo”, explica.

“Mire, yo realmente a mi Perrito, así le digo de cariño, nunca lo pude saludar, jamás. Lo miraba, pero nunca lo pude saludar. Llegué a saludar al Santo, a Blue Demon, a Mil Máscaras, les agradezco a ellos su deporte, su carisma con la gente que los necesita. La lucha libre es un ejemplo para personas que no podemos hacer deporte por estar minusválidos por medio de ellos nos ofrecen un ejemplo sano”, añade.

“El mensaje que le puedo mandar a su papá es que lo tomen con calma, todos en este mundo tenemos que irnos. Es duro cuando se trata de un hijo, un padre o una madre, pero con todo respeto me uno a la pena”, sentencia Francisco.

Ahí, en la calle, habrá de permanecer un rato. Al fin y al cabo, cualquier lugar es su hogar. “Vivo en el Cento Histórico, en la calle. Soy indigente, persona que duerme en la calle, pero me trato de mover, echarle ganas. Le he pedido ayuda al gobierno para que me presten un cuarto donde me pueda dormir, bañar y sobre todo no sufrir las lluvias en la calle, pero sé que es mucho pedir. Lo que yo entiendo es que aquí en esta vida hay que seguir adelante, sea en la calle o donde sea, somos personas y merecemos apoyo”, concluye.

Después de la última visita al amigo que jamás conoció, tendrá que regresar a la cotidianidad de la calle. Al mal comer. Al mal vivir. Hoy, ha dejado todo eso de lado. Todo por darle el último adiós al Perrito Aguayo.

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